18 feb. 2011

Hadas de lujo

En contraste con las hadas rurales, que habitan en los bosques, ríos y montañas, los más nobles seres de esta raza, considerados como los descendientes de las antiguas divinidades paganas, viven en suntuosos palacios de cristal bajo la tierra, en las profundidades del mar o en míticas islas y en cuyos amplios salones, espléndidamente iluminados, ocultan y protegen fabulosos tesoros de la ambición humana. Son hadas de extrema belleza, de gran poder y de un talento excepcional para la música. Pasan el tiempo en fiestas, cacerías y cabalgatas y se desplazan siempre formando un majestuoso cortejo precedido por la pareja real sobre un carruaje de oro.

Éstas aristócratas hadas se sienten especialmente atraídas por la belleza, la diversión y el lujo. En sus banquetes, sobre mesas rebozadas de guirnaldas de flores, las hadas degustan sabrosos manjares con cubiertos de oro y plata, adornados con piedras preciosas, y beben en copas del cristal más fino, envueltas por una música suave que es la expresión misma de la sensibilidad de su reino.

Las piezas de sus vestidos de fiesta son de una elegancia exquisita: coronas hechas con pétalos de lirio o de perfumadas rosas y largos trajes florales, bordados con hilo de seda de araña, en los que predominan el color blanco, dorado y azul, y centellean como perlas, gotitas de rocío y escarcha.

El ser humano que tenga la suerte de presenciar un cortejo de hadas, quedará sorprendido del esplendor que envuelve a esos ágiles y elegantes jinetes, montados en caballos blancos, de largas crines, vistosamente guarnecidos. Se verá seducido y arrastrado de manera prodigiosa hasta el palacio real, olvidándose de la vida terrenal y sucumbiendo a la placentera existencia del mundo feérico para siempre, aunque semejante visión también puede acarrearle fatales consecuencias. A estas hadas les gusta tanto las celebraciones que no dudan en participar en las fiestas de los mortales, adoptando forma humana. Su presencia allí es a menudo peligrosa.

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